viernes, 1 de agosto de 2014

El Estado (Parte 1)

¡Hola compañeros!

Hoy retomamos el "asunto político". Frecuentemente estamos hablando en política acerca del Estado pero pocas veces nos preguntamos sobre su naturaleza, sobre qué es realmente el Estado. Y como con tantas cosas humanas, normalmente preguntarse qué es algo se responde investigando para qué sirve (ya Aristóteles hace la tira de años nos decía que la causa final, la finalidad de las cosas, las define realmente). Así pues, si queremos responder a la pregunta ¿qué es el Estado? tendremos por lo menos que plantearnos ¿para qué sirve el Estado? Claro, enseguida nos encontramos con qué no es nada fácil definir la utilidad del Estado y encontrar sus características fundamentales. Si os parece podemos proceder mediante una definición negativa, es decir, si no podemos decir qué es el Estado probablemente sí podamos intentar averiguar qué NO es. Así por lo menos podemos eliminar algunas controversias y algunas falsas concepciones.

Mucha gente considera que el Estado es algo parecido a una empresa, a un club o a una gran familia. Se argumenta que como una empresa tiene ejecutivos y dinero y nos provee de servicios, que como un club uno pertenece a él o que como en una familia el gobernante es como un padre que se preocupa por sus hijos y toma decisiones en beneficio de ellos cuando ellos no pueden hacerlo. Sin embargo, este análisis no resiste una investigación pormenorizada. 

Para empezar, una empresa tiene que ofrecer productos que la gente realmente demande o pronto se verá obligada a cerrar. Dicho de otro modo, una empresa tiene que ofrecer valor a la sociedad en la que está inserta para poder sobrevivir. Si los productos que ofrece no gustan o la gestión es ineficaz dicha empresa desaparecerá y sus recursos se dedicarán a ámbitos más productivos de la sociedad. El Estado no funciona así, pues los ciudadanos estamos obligados a consumir y, sobre todo, financiar sus servicios y gestión lo queramos o no. La gente puede consumir libremente los productos de una empresa pero no puede decidir hacerlo respecto al Estado, lo cual separa definitivamente ambos ámbitos.

Tampoco parece que sea un club por similares motivos. Uno pertenece a un club por motivos que son libres. Ya sea por afición a una actividad, por deporte, por cultura familiar o por lo que sea uno decide pertenecer a un club (o salirse de él). Pero no ocurre con el Estado, uno pertenece a él obligatoriamente y no puede decidir no participar de sus actividades y, especialmente, de su financiación. No es un club tampoco.

En último lugar sí parece ser algo cercano a la familia pues no elegimos pertenecer a una familia y muchas veces el Estado se nos presenta como ese gran benefactor que actúa al modo de nuestros padres. Esta concepción es sin duda la más peligrosa y difícil de atajar, porque resulta la más extendida. Muchos miran al Estado como a un padre que debe cuidar de todos sus hijos y proporcionarles seguridad y beneficios. Sin embargo, resulta del todo cuestionable que el Estado actúe por beneficio exclusivo de sus hijos y se sacrifique por ellos como lo haría un padre. Además, un padre no te obliga a tomar a decisiones pasada cierta edad mientras que el Estado tiene esa irritante tendencia a tratar sus súbditos como si fueran débiles mentales para tomar sus propias decisiones. De ese modo, tiende a tomar decisiones por ellos por su propio bien, algo que ningún padre digno de ese nombre haría a partir de cierta edad.

Así pues, en las tres posibilidades ha aparecido la característica fundamental del Estado: la coacción. El Estado es el mundo de la coacción y la violencia, pues la única manera de mantener en funcionamiento es mediante la violencia (explícita en el caso de las tiranías y latente en los regímenes democráticos). Y entonces debemos hacernos esta pregunta: ¿por qué admitimos esta violencia y esta coacción?

Y voy a dejar que responda Frédéric Bastiat, que ya en 1848 intentaba responder a la pregunta ¿qué es el Estado? con esta brillantez. Es un poco largo pero creedme que vale la pena (este es el link al ensayo entero http://www.ilustracionliberal.com/52/el-estado-frederic-bastiat.html).

Me temo que somos víctimas de la más extraña ilusión que se haya apoderado jamás del ser humano.

Al hombre le repugna el dolor, el sufrimiento. Y sin embargo está condenado por la naturaleza al sufrimiento de la privación si no acepta la pena del trabajo. No tiene, pues, otra alternativa que elegir entre ambos males.
¿Puede, con todo, evitarlos? Lo cierto es que no ha encontrado ni encontrará jamás otro medio que no sea sacar provecho del trabajo ajeno; hacer que la pena y la satisfacción no recaigan sobre cada uno según la proporción natural, sino que toda la pena sea para unos y todas las satisfacciones para otros. De ahí la esclavitud, el expolio en cualquiera de sus formas: guerras, imposturas, violencias, restricciones, fraudes, etc.; abusos monstruosos pero coherentes con el pensamiento que les ha dado origen. Se debe odiar y combatir a los opresores, pero no se les puede acusar de caer en el absurdo.
La esclavitud está en las últimas, gracias a Dios. Por otro lado, nuestra disposición a defender lo nuestro hace que el expolio liso y llano no sea tarea fácil. Pero persiste la maldita inclinación primitiva a poner a un lado el sufrimiento ajeno y al otro la gratificación propia. Queda por ver bajo qué nueva forma se manifiesta esta triste tendencia.
El opresor ya no actúa directamente con sus propias fuerzas sobre el oprimido. No, nuestra conciencia es demasiado escrupulosa para eso. Todavía hay tiranos y víctimas, pero entre ellos se interpone un intermediario, el Estado, es decir, la mismísima ley. ¿Qué mejor para acallar nuestros escrúpulos y, aún mejor, vencer las resistencias? Así las cosas, todos, por tal o cual razón o pretexto, nos dirigimos al Estado y le decimos:
"No veo que haya proporción entre mi trabajo y mis expectativas. Para establecer el deseado equilibrio, quisiera hacerme con una parte del bien ajeno. Pero se trata de una empresa peligrosa. ¿No podrías facilitármela? ¿No podrías conseguirme un buen puesto? ¿O poner trabas a mis competidores? ¿O prestarme capital que previamente hayas tomado a otros? ¿O asegurarme el bienestar cuando tenga cincuenta años? De este modo conseguiré mi objetivo y tendré la conciencia tranquila, porque la ley habrá actuado por mí, y disfrutaré de todas las ventajas del expolio sin asumir sus riesgos ni soportar los odios que despierta."
Dado que todos nos dirigimos al Estado con alguna demanda de este tipo y que, por otra parte, está comprobado que el Estado no puede procurar satisfacción a unos si no es a costa de otros, a la espera de una definición mejor me veo autorizado a proponer la mía. ¿Quién sabe si me llevaré el premio? Hela aquí:
El Estado es esa gran ficción a través de la cual todo el mundo trata de vivir a expensas de todo el mundo.
 Impresionante.

¡Saludos filosóficos!

No hay comentarios:

Publicar un comentario