viernes, 3 de enero de 2014

¿Existe la verdad?

¡Hola compañeros!

Os felicito el año a todos y os deseo lo mejor para este 2014. Vamos a empezar con algo fuerte que abra boca para las cosas que están por llegar, si os parece bien.

Hoy hablaremos de un tema extremadamente radical: ¿existe la verdad? ¡Vaya pregunta! Parece ciertamente importante que nos planteemos esta cuestión si es que nos dedicamos a la filosofía. Es más, me atrevo a decir que resulta máximamente prioritario hacerlo para vivir. Al fin y al cabo, como decía Ortega, el hombre fabrica ideas pero habita en las creencias. Necesitamos verdades sólidas que cimenten nuestra existencia, verdades que nos hagan comprendernos a nosotros mismos y nos abran a otras realidades.

Una postura posible es el escepticismo, que consiste en negar que exista la verdad. Para los escépticos buscar la verdad es un acto pueril, desilusionante, pues nunca encontraremos una verdad fiable al 100%. Todo puede ser rebatido, todo puede ser cuestionado, todo puede ser dudado. Es conocida, sin embargo, la paradoja en la que incurren los defendores del escepticismo: si no existe la verdad entonces eso que dices ("la verdad no existe") tampoco puede ser verdad, con lo que te estás contradiciendo. O si pretendes que eso sea verdad entonces ya existe una verdad, con la consiguiente contradicción. ¡Madre mía, qué lío!

Sutilezas lógicas aparte, tratemos de entender la postura escéptica. Podemos encontrar dos variantes: o bien los que defienden que no exista tal cosa como la verdad o más bien, como resulta más frecuente hoy en día, los que sostienen que no sabemos si existe la verdad o no porque no estamos capacitados para conocerla

A lo largo de la historia de la filosofía, podemos encontrar dos grandes grupos de pensadores en base a este planteamiento (esto no es riguroso, pero se me acaba de ocurrir, soy así de genial): los que realizan una filosofía en torno a la pregunta "¿existe la verdad?" y los que filosofan sobre el "conocimiento" de esa verdad. Toda la filosofía hasta Descartes trata de responder al tema de la verdad en términos ontológicos (es decir, haciendo referencia a su existencia real) pero a partir de Descartes y la modernidad esta pregunta mutó sutilmente hasta convertirse en un tema epistemológico (es decir, aludiendo al conocimiento de la verdad).

No quiero ponerme demasiado académico. Lo que tiene que quedarnos claro es que la búsqueda de la verdad es una constante en el ser humano. No somos seres que podamos permanecer indiferentes a una cuestión tan importante. La curiosidad humana es simplemente esto, la necesidad de conocerlo todo, y conocerlo bien. Nadie quiere aprender mentiras; nadie quiere permanecer en la ignorancia. La realidad es una aspiración para todos nosotros y nadie quiere permanecer al margen. Esto significa vivir humanamente, vivir para la verdad, en la verdad, con la verdad. Practicamos filosofía porque no nos conformamos con respuestas vagas o inconcretas, queremos saberlo todo (incluso sabiendo que eso es imposible).

El escepticismo es como una silla incómoda. Ocasionalmente, el ser humano se sentará en una porque no le queda más remedio, pero rápidamente buscará una butaca confortable y abandonará su postura porque resulta simplemente insostenible e inhumana. Incluso aquellos de vosotros que os declaréis escépticos convendréis conmigo en que no resulta una postura cómoda o fácil de sostener, no porque las presiones exteriores os castiguen por vuestras creencias sino por el mero hecho de que tener la creencia de que las creencias no se apoyan en nada no deja de ser paradójico.

Suficiente por hoy. No quiero poneros la cabeza como un bombo con tanto retorcimiento lógico. Buscad la verdad, filósofos, buscadla. Porque como decía el poeta: si Dios me ofreciera la verdad en una mano y el amor a la verdad en la otra, elegiría siempre el amor a la verdad.

¡Saludos filosóficos!

jueves, 28 de noviembre de 2013

Los sofistas griegos

¡Hola compañeros!

Aquellos de vosotros que os hayáis interesado por la filosofía mínimamente habréis oído hablar en ocasiones de unos peculiares personajes: los sofistas. Bueno, quizás no os hayáis nunca tropezado con ellos pero la importancia que han tenido en la historia de la filosofía y de la cultura humana es innegable. Resulta de hecho un poco impresentable que no me haya atrevido todavía a sacarlos a la luz en el blog. Hoy debo desfacer este entuerto.

¿Quiénes eran los sofistas? Allá por el siglo V a.C. un nuevo tipo de hombre culto se va abriendo paso por la sociedad griega (especialmente por la ateniense). Ya no eran filósofos despistados que cultivaban la búsqueda de la verdad de modo desinteresado; tampoco consistían en científicos que se desviven por cada pequeña forma de vida que pueden estudiar. No. Ellos se denominaban a sí mismos "sabios" (sophistés) y tenían muy a gala ser los únicos entre todos los griegos que podían enseñar a ser mejores, a cultivar la virtud. Es decir, eran profesores itinerantes que cobraban por las clases que impartían (en los sofistas más célebres reservar una clase particular podía costar una verdadera fortuna). Enseñaban filosofía, matemáticas, astronomía, geometría, música, lingüística, etc. A pesar de esta amplitud de saber solían ser muy diletantes aunque algunos se especializaban verdaderamente en algunas materias convirtiéndose en referentes académicos y profesionales.

Muy interesante, pero... ¿qué tiene que ver esto con la filosofía? Bueno, como he dicho, muchos se dedicaron a la filosofía y además cruzaron sus pasos con la figura de Sócrates, el cual despreció toda su vida y atacó a los sofistas porque, decía, eran poseedores de un falso saber. En opinión de Sócrates, los sofistas enseñaban a sus alumnos a parecer que sabían mediante argumentaciones elaboradas; instruían en el arte de la retórica, es decir, en el arte de convencer al contrario pero no enseñaban nada de provecho (siempre según la versión socrática y platónica). Muchos de ellos volcaron sus habilidades en la abogacía, que les reportaba muchos más beneficios que la enseñanza y se dedicaban a juegos dialécticos en los que el propósito no era encontrar la verdad sino ridiculizar y confundir al oponente.

Todo esto les granjeó una fama bastante oscura y negativa pero, ¿era merecida? ¿Podemos extraer algo positivo de todo el movimiento sofístico? 

Bueno, para empezar, la sofística no era un movimiento homogéneo, sino que se agrupaba en él a gente de muy diverso pelaje y condición que compartían unas características comunes pero que podían tener intenciones muy distintas. Llamamos sofista a un Eutidemo, cuya superficialidad y maldad quedan patentes en el diálogo platónico del mismo nombre, pero también a Protágoras, al cual incluso Sócrates guardaba un respeto profundo por la profundidad de su pensamiento (algo que comprobamos en el diálogo Protágoras). Es decir, algunos sofistas aprovechaban sus conocimientos para enriquecerse de modos poco dignos, mientras que otros comunicaban genuinamente su saber a quien quisiera escucharles (y quisiera pagar), un saber en ocasiones muy valioso y relevante.

También es cierto que la sofística contravenía muchas de las enseñanzas tradicionales de la sociedad griega, pero educó a muchos pensadores en un  nuevo humanismo y un pensamiento crítico. Es decir, poco a poco los propios griegos se fueron dando cuenta de que no eran los únicos pobladores del mundo a medida que entraban en contacto con diferentes pueblos de distintas costumbres. Eso hizo que los sofistas analizaran (y en muchos casos criticaran) sus propias tradiciones y la misma cultura griega. Obligaron a la sociedad de entonces a volver la mirada sobre sí misma y contemplarse no ya con admiración (como habían hecho hasta entonces), sino con cierta sospecha.

Vivimos un momento similar, con una crisis cultural de igual magnitud. ¿Podría ser un momento adecuado para un retorno de la sofística?

¡Saludos filosóficos!

martes, 19 de noviembre de 2013

Validez y verdad

¡Hola compañeros!

El otro día hablé (más bien escribí) sobre un resurgimiento insólito del argumento ontológico en el panorama contemporáneo. Nadie podría pensar que un tema tan manido y tan típico de la filosofía sería repentinamente tratado y analizado por unos científicos. ¡Están locos estos romanos!

Sin embargo, en el curso de la discusión, surgió un tema que medio expliqué, pero del que no he quedado satisfecho del todo. Es el asunto de la validez de los argumentos y su verdad. Después de hacer alusión a eso me quedé con la mosca detrás de la oreja y decidí escribir una entrada enterita para este tema.

Cuando hablamos de validez y verdad hacemos referencia a argumentos lógicos. Es decir, nos referimos a la demostración lógica de ciertas frases (podemos llamarlas proposiciones) por medio de premisas que llevan a una conclusión. Uhm, percibo que alguno se ha quedado detrás con este salto que acabo de realizar así que creo que si ponemos un ejemplo lo vamos a entender mejor.

Pongamos las dos siguientes proposiciones como premisas de un argumento:

Premisa nº 1: Todos los blogs de filosofía son apasionantes.
Premisa nº 2: "Con efe de filosofía" es un blog de filosofía.

¿Cuál sería la conclusión lógica de este argumento? ¿Qué nueva proposición se deriva de las otras dos? Creo que todos estaríamos de acuerdo en que la siguiente proposición resulta la conclusión más obvia:

Conclusión"Con efe de filosofía" es apasionante.

Como vemos, los argumentos lógicos suelen presentarse de este modo, como premisas que conducen necesariamente a una conclusión (o a varias). Sé que este es un modo precario y muy aproximado de acercarse a la lógica pero, oh expertos lógicos, aspiro a vuestra indulgencia en mi exposición.

Bien. ¿A qué llamamos validez en un argumento? Al hecho de que la conclusión se siga de modo coherente y lógico de las premisas. Según el ejemplo anterior, estaríamos ante un argumento válido porque su conclusión se deriva necesariamente de las premisas. Sin embargo, la verdad de un argumento es una cosa bien diferente: la adecuación a la realidad de la conclusión de un argumento. Es decir, si la conclusión de un argumento se corresponde con la realidad, estaremos ante un argumento verdadero.

Resulta tentador (si me habéis seguido hasta aquí, cosa que empiezo a dudar) identificar validez con verdad pero en realidad son cosas bien diferentes. Un argumento puede ser válido pero falso. En el ejemplo anterior puede existir gente para la que este nuestro querido blog sea aburridísimo (improbable, lo sé, pero hay gente de todo tipo). Para ellos estre argumento sería válido pero falso.

El famoso philosoraptor, el auténtico presocrático

Del mismo modo, pueden existir argumentos totalmente inválidos cuyas conclusiones sean verdaderas. Veamos el siguiente ejemplo:

Premisa nº 1: Si ha caído un meteorito, entonces los dinosaurios se han extinguido.
Premisa nº 2: Los dinosaurios se han extinguido.

Por tanto...

Conclusión: Ha caído un meteorito.

¿Es este razonamiento válido o inválido? ¿Por qué? ¡Poned vuestras opiniones en los comentarios y no olvidéis suscribiros a la newsletter para enteraros antes que nadie de las novedades del blog!

¡Saludos filosóficos!


lunes, 11 de noviembre de 2013

El argumento ontológico: ¿más vivo que nunca?

¡Hola compañeros!

Hoy me siento obligado a escribir una entrada inusual. No resulta inusual el tema que vamos a tratar (del que ya hablamos en su momento) pero sí el porqué de que lo volvamos a traer a colación.

Resulta que hace unas semanas me topé mientras curioseaba por internet, la red de redes, con una noticia pintoresca que podemos revisar aquí. Para aquel que no quiera -sabiamente- pinchar en un enlace a una página desconocida le resumiré la noticia: básicamente nos dice que unos matemáticos han conseguido demostrar científicamente que Dios existe. ¡Nada más y nada menos! A través de un macbook y con unos simples algoritmos han conseguido demostrar algo que los filósofos llevan debatiendo siglos (¡o incluso milenios!). ¿Qué está pasando aquí? ¿Es esto posible? ¿Hemos sido los filósofos devorados por unos fanboys de Apple?

Como siempre, la cosa no resulta tan sencilla, así que revisemos los hechos. Hace unas décadas el lógico Kurt Gödel trató de llevar al terreno de la lógica el famosérrimo argumento ontológico de la existencia de Dios, el cual ya fue estudiado por nosotros aquí (siempre adelantándonos a la noticia, señores). Básicamente lo que hizo fue traducir a lenguaje lógico el argumento, para tratar de averiguar si es válido o no (es decir, si funciona o es un camelo). Gödel mismo no se interesó más por este tema, pero investigadores actuales han decidido poner a prueba esas fórmulas lógicas y comprobar si son válidas a base de cálculos lógicos (los detalles del funcionamiento de la lógica exceden por mucho las pretensiones de este blog) que realizaría un ordenador (el famoso Macbook).

Pues bien, resulta que los cálculos han demostrado sin lugar a dudas que la argumentación lógica que el señor Gödel había propuesto es correcta; por tanto, el argumento ontológico es lógicamente válido; por tanto, Dios existe.


La formulación lógica de Gödel: apasionante.

Este es el resumen de la cuestión. ¿Termina aquí la cosa? ¿Estamos ya todos obligados a admitir la existencia de Dios porque un ordenador así lo ha confirmado? En realidad, hay que considerar varios aspectos al analizar esta noticia.

a) Una argumentación lógica no es capaz de decirnos si lo que defiende es verdad o mentira. Solamente puede indicarnos si lo que sostiene es válido o inválido. Es decir, la lógica no busca la verdad, sino solamente la coherencia. Por tanto, si tú partes de premisas falsas pero la lógica interna es coherente, el argumento será válido, aunque resulte falso.

b) El argumento ontológico ha sido criticado por muchos filósofos no por ser inválido, sino por partir de premisas como poco cuestionables. Y no ha sido criticado por ateos solamente, sino que grandes doctores de la Iglesia (como santo Tomás de Aquino) han cuestionado la verdad de este argumento. En concreto, aunque no pretendo ahondar en ello, critican la premisa de que la existencia sea una perfección más (como ser sabio, o ser bueno).

¿Qué debemos concluir de todo esto? Pues que resulta estupendo que la ciencia abra su mente a cuestiones estrictamente filosoficas; nos ayuda a retomar temas largamente olvidados y nos renueva con ideas frescas viejos temas de discusión. No obstante, el argumento sigue en el candelero, pues un Macbook puede calcular más deprisa que nosotros y de modo más fiable una secuencia lógica, pero no nos puede confirmar si las premisas en las que se basa ese argumento son correctas y verdaderas.

Aunque para ser sinceros, nosotros llevamos siglos peleándonos por lo mismo.

¡Saludos filosóficos!

martes, 22 de octubre de 2013

El ambiguo estatuto del arte (o Arte, como queráis)

¡Hola compañeros!

Mi reciente viaje a Roma me ha hecho descubrir una maravillosa ciudad. Una ciudad literalmente maravillosa, pues está repleta de rincones mágicos y objetos de lo más variados que te hacen estar en contacto permanente con la belleza (o Belleza, como queráis). Todo el arte que está despeglado contribuye a rodear tus sentidos y tu imaginación, embargándote de una sensación de eternidad y, a la vez, de una fugacidad aplastantes. Todo esto me ha llevado a pensar en el arte y su extraña naturaleza: ¿qué es el arte?, ¿qué busca el arte?, ¿por qué llevamos a cabo obras de arte?

Al fin y al cabo el arte ha sido algo que ha acompañado al ser humano desde el inicio de los tiempos. Desde que en unas cavernas oscuras y lúgubres unas personas decidieron estampar sus manos en las paredes y pintarlas, o desde que se pusieron a pintar animales y escenas de caza (con una pericia bastante considerable, echadle un ojo a esto) sin ningún fin evidente de supervivencia o biológico. Podemos afirmar que está con nosotros mucho antes de que la ciencia o la filosofía dieran sus primeros pasos. Y sin embargo, no resulta claro cuál es el impulso que nos lleva a hacer arte, cuál es la finalidad que perseguimos con ello: ¿qué quieren los artistas?

Otra actividad práctica del ser humano es fabricar instrumentos. En un sentido amplio, los instrumentos son aquello que nos permite adaptarnos al medio. Los instrumentos definen de modo muy especial nuestra relación con el medio y nos ayudan a sobrevivir y prosperar (pensemos en lo complicada y limitada que sería una existencia sin ruedas). Pero por ese mismo motivo sabemos exactamente qué busca el que fabrica un instrumento (otra cosa es que consiga su propósito): utilidad. La utilidad es lo que dicta la conveniencia o no de esos instrumentos que hemos construido.

Pero, ¿qué busca el arte? Desde luego resulta un poco complicado asimilar la práctica artística a la práctica de la fabricación de instrumentos; no creo que nadie sostenga seriamente la utilidad de un soneto de Quevedo. Podemos sospechar con bastante certeza que él no buscaba que su soneto fuera útil. Entonces, ¿para qué sirve el arte?

Algunos de vosotros, los más intuitivos, seguramente diréis que en realidad el arte está buscando la belleza, no la utilidad. Las diferentes artes buscan la belleza de diferentes maneras; tal es su complejidad que no basta un arte, y ni siquiera una sola corriente artística, sino que tratamos de acercarnos a esa gran ilusión, ese gran espejismo, que es la belleza: más cercana cuanto más lejana, más ajena cuanto más accesible.

Estoy parcialmente de acuerdo con esto pero creo que los artistas no siempre buscan la belleza. No siempre buscan un breve guiño de esa esquiva diosa. No. Buscan comunicar algo. Buscan transmitirnos algo que no podrían decir con el lenguaje ordinario. Buscan hablar lo inefable, aquello que se resiste a ser analizado, estructurado, deducido: estudiado. El arte nos pone en contacto con una parte de nosotros que no es susceptible de caer bajo un espectro puramente racional, pero al mismo tiempo tampoco es siempre irracional. Nos dice cosas de nosotros mismos que no sospechábamos; nos ayuda a conocernos, nos libera de miedos y nos transmite alegrías. No es una pura transmisión de sentimientos pero a la vez nos permite llorar y reír con él. No transmite ideas definidas y compactas, pero nos hace reflexionar sobre el valor de las nuestras. No es moral, pero nos susurra valores al oído...

Quizá nos valga la indignación de aquel poeta que, preguntado por lo que significaba su poema, replicó airado que cómo iba a explicar un poema, si precisamente el poema sugería aquello que no era capaz de explicar...

¡Saludos filosóficos!