martes, 28 de agosto de 2012

II) ¿Por qué la gente rechaza la filosofía?

¡Hola compañeros!

En primer lugar quiero recomendar un blog que acaba de nacer:

http://lacruzdecoronado.wordpress.com/

En él se cuentan múltiples anécdotas históricas que bien podríamos (o no) aplicar a nuestra vida diaria, narradas de un modo desenfadado y ameno. Aquellos de vosotros que sepáis qué es la cruz de coronado ya tendréis mucho ganado, los que no... bueno os invito a descubrirlo, no os arrepentiréis ;) ¡Mucha suerte en esta nueva aventura, Marcus Brody (y espero que te vaya mejor que en El Cairo)!

Bueno, pues el veranito ya va terminando, pero por lo menos vamos a tener la oportunidad de hacer nuevas entradas más a menudo. ¡No hay mal que por bien no venga! (a quién quiero engañar, es una pereza que termine, pero bueno...).
En fin, el otro día charlamos sobre el primer motivo de rechazo a la filosofía. Hace poco un seguidor de twitter (@conefedefilosof para aquellos que estéis interesados -toma publicidad gratuita-) me propuso un segundo motivo de rechazo. Curiosamente, no me lo había planteado, pero me ha parecido relevante así que lo comentaré en esta entrada.

2.- "La filosofía nunca da respuestas, solamente preguntas"

Me dijo que lo que más le mosqueaba de la filosofía es que siempre proponía preguntas pero nunca daba soluciones. Hemos hablado ya en alguna otra entrada brevemente sobre este tema (me da un poco de pereza buscar en cuál ahora, ¡lo siento! ) pero aprovecharé para extenderme porque ya un alumno en su día se quejaba de que nunca daba respuestas a los enigmas que planteaba. La filosofía es absurda, según este planteamiento, porque nunca da respuestas, solamente preguntas. ¿Qué clase de ciencia pretende ser la filosofía si nunca da respuestas? ¿Qué ciencia o conocimiento dignos de ese nombre pueden pretender ignorarlo todo, no saber nada? De hecho, da la sensación de que la filosofía se regodea precisamente en esa ignorancia, en ese desconocimiento. Parece que disfruta haciendo ver a los demás lo poco que saben. Lejos de añadir conocimiento a la cultura, se contentan con añadir dudas y suspicacias por el camino. Si me apuras un poco, podemos incluso decir que la filosofía es la anticiencia, destructora, implacable, corrosiva.

Obviamente he ido exagerando un poco. Pero es que sin posturas extremas no se pueden entender las posturas intermedias. Lo que está en juego aquí es lo que entendemos por "respuesta" y "pregunta". ¡Oh no!, estaréis pensando, ya está el filósofo de turno haciendo sutiles distinciones entre palabras. Odiadme (lo prefiero a la indiferencia), pero antes escuchadme.

Las respuestas existen porque hay preguntas. La seguridad existe porque hay dudas. Esto es obvio, pero a veces se olvida. La ciencia ha ido progresando a lo largo de la historia porque ha cambiado las preguntas que se hacía. Cuando observamos que una pregunta no tiene respuesta, normalmente estamos formulando la pregunta equivocada. Imaginemos que la ciencia intenta encontrar la respuesta a la siguiente pregunta: "¿qué día de la semana llueve más?" Así, tal y como está planteada, es muy complicado dar una respuesta satisfactoria. ¿Podemos dar un día al azar (tenemos 1 posibilidad entre 7 de acertar, not bad!)?; ¿podemos empezar a calcular desde ahora, despreciando todos los días que han pasado ya, o intentamos hacer una aproximación con los días que ya han transcurrido hasta este momento histórico?; ¿tenemos en cuenta los husos horarios, de tal modo que en una parte del planeta es martes y en el contrario ya es miércoles? Todas estas preguntas no estaban incluidas en la pregunta explícitamente, pero hay que abordarlas si se quiere dar una respuesta a la pregunta original.

Nos ha sucedido en múltiples ocasiones a lo largo del blog que intentamos plantear una pregunta y enseguida empiezan a surgir cantidad de preguntas diferentes. No son preguntas iguales a la primera, pero se encadenan inexorablemente. Si queremos responder a la primera, hemos de afrontar las siguientes. Si un filósofo se pregunta: ¿existe Dios?, ha de responder a varias preguntas: "¿hablamos de un dios o de varios?", "¿es Dios un ser personal o más bien un ser sin conciencia?", "¿es su existencia relevante para nosotros?", "¿existe en este mundo o en un mundo trascendente?", "si existe, ¿existe algo más aparte de Dios, o lo engloba todo?", "si no existe, ¿existe algo infinito, o eterno?". ¡Vaya preguntitas! ¡Como si no fuera suficientemente complicada la primera pregunta, llega la filosofía a dificultarla todavía más!

Pero preguntar no es ignorar. Preguntar no es desconocer. Al revés, solamente puede preguntar algo el que conoce algo sobre el tema. En mis clases, las preguntas más interesantes vienen de aquellos que están atentos, que saben de qué se está hablando. Solamente a través del conocimiento se pueden formular preguntas, y solamente a través de preguntas puede crecer el conocimiento. Es un círculo irrompible, que la pregunta no hace más que fortalecer.

Concluyo. La filosofía da respuestas a través de preguntas y la filosofía se sirve de las respuestas para formular nuevas preguntas. En la pregunta ya está metida dentro la solución, y si se desgrana la pregunta en muchas subpreguntas, no es por ganas de complicar el tema, sino que se busca simplificar esa pregunta, como cuando quitas las capas de una cebolla para llegar a la semilla del centro.

Así que ya sabéis, cuando alguien os haga una pregunta, fijaos muy cuidadosamente en las palabras que utiliza y en el modo de hacer la pregunta, pues la respuesta se halla en el interior ;)

El próximo día veremos la tercera y última causa de que nos rechacen.

¡Saludos filosóficos!

viernes, 17 de agosto de 2012

I) ¿Por qué la gente rechaza la filosofía?

¡Saludos compañeros!

Ya os dije que tenía una entrada calentita en el horno. Hoy, como nos indica el título, vamos a charlar sobre los motivos que hay detrás del rechazo de la gente común por la filosofía. No es ningún secreto que la gente "normal" siente un saludable rechazo por la filosofía, lo curioso es que las razones suelen ser casi siempre las mismas. La cultura actual está muy alejada de todas las formas de pensamiento que promuevan la reflexión y el desarrollo intelectual. Podemos, con toda justicia, preguntarnos cómo podemos seguir denominando "cultura" a un producto humano que promueve esta actitud.

Antes de continuar, quiero dejar claro que lejos de mi intención está el hacer de esta entrada una protesta o una queja sobre el mundo que nos rodea. Soy poco proclive a la queja y los protestones me irritan. Se gasta mucha energía en protestar que se podría invertir en solucionar los problemas, o simplemente en cambiar la actitud para amoldar nuestro ser a la realidad y no la realidad a nosotros. Muchas veces la protesta es parte del problema y no de la solución. Lo único que pretendo aquí es diagnosticar una situación y dar con un par de conceptos clave. Y, en lo posible, despejar falsos mitos.

Pasemos sin dilación a retratarnos. A base de preguntar a lo largo de mi vida a muchas personas, alumnos, padres, abuelos, amigos, enemigos, etc. he llegado a las siguientes conclusiones. Si creéis que me he dejado alguna en el tintero comentadme y seré feliz de incluirla (con el correspondiente crédito a su descubridor) en una edición posterior.

1) "La filosofía es demasiado difícil"

Es la razón más frecuente. Sin embargo, resulta curioso escuchar esto de personas que han estudiado carreras de una dificultad intrínseca mucho mayor que la de filosofía, como médicos, abogados o ingenieros. Creo que todos estamos de acuerdo en admitir que esas carreras tienen un grado de dificultad mucho mayor que la filosofía. ¿Qué resulta tan difícil de la filosofía? En mi opinión, el problema ha de ser analizado desde dos ángulos, mutuamente interrelacionados:

a) Palabras raras: la filosofía utiliza palabras raras. Eso es indudable. Solamente leyendo las entradas de abajo nos damos cuenta de que continuamente se utilizan palabras de más de tres sílabas, difíciles de memorizar e imposibles de escribir bien a la primera. ¿Por qué los filósofos se empeñan en inmolar su propia disciplina haciéndola tan inaccesible al profano, al lector no especializado? Debo confesaros que muchas veces la filosofía es también inaccesible al lector especializado, de tal manera que compartimos esta carga, hermanos. De todos modos, dejando de lado el hecho de que coincido plenamente con vosotros en que la filosofía es muchas veces deliberadamente oscura, otras veces no queda más remedio que inventarse palabras para nombrar conceptos nuevos o recién descubiertos. Esto tiene que ver con lo siguiente.

b) Conceptos demasiado abstractos: la filosofía utiliza conceptos abstractos de difícil comprensión que obligan al cerebro a funcionar a máximo rendimiento. ¿Por qué nos torturan los filósofos? Hay que tener en cuenta que la filosofía se mueve por el límite de lo pensable y lo que podemos conocer. Al habitar en ese reino tan poco estable, la filosofía está continuamente rozando lo irracional y lo absurdo. Cuando tratamos de pensar "qué es el ser" estamos llevando al lenguaje humano al límite. Al fin y al cabo, el lenguaje se hizo para la vida corriente y ordinaria, no para hablar del ser, el bien, el alma o Dios. Cuando los filósofos comienzan a levitar hacia esos cielos de la realidad el lenguaje pronto se queda corto para poder nombrar esos conceptos nuevos que se descubren. La abstracción es parte fundamental de la filosofía porque precisamente la filosofía busca penetrar el mundo de las apariencias en el que nos movemos habitualmente.


La dificultad de la filosofía estriba curiosamente en que es muy simple. "Simple" no es sinónimo de "fácil": lo simple es lo que consta de pocos elementos, lo fácil es lo que es de rápida comprensión o ejecución. La filosofía simplifica la realidad hasta sus últimos elementos. Y las cosas más simples no son siempre fáciles, de hecho, muchas veces no ofrecen solamente una solución, sino varias. Pongamos un ejemplo (que ya sabéis que me encantan): los puzles habituales, por muchas piezas que tengan y muy complicados que sean, solamente tienen una solución. Una vez hemos encontrado la solución y hemos terminado el puzle, deja de tener interés, pues ya está solucionado y terminado. No hay nada más que decir.

En filosofía el puzle es muy simple: imaginad dos piezas perfectamente cuadradas. No puede haber puzle más sencillo que ese ¿verdad? Y sin embargo, tiene múltiples soluciones: ¿cuáles son los lados que debo juntar? ¿Qué imagen quiero que quede al final? Entendemos que en un puzle así jamás se termina, sino que siempre es posible dar con una nueva interpretación y comenzar de nuevo. Lejos de aburrirnos esta tarea se vuelve interesante, pues cada vez aprendemos más del puzle y cada vez se nos ocurren maneras nuevas de combinar ambas piezas para dar resultados novedosos y creativos.

Lo que quiero decir con esto es que la filosofía es muy simple. No resulta nada complicado empezar a practicarla y, sin embargo, pronto nos vamos dando cuenta de que sus posibilidades son inagotables. Ahí estriba su dificultad, y su interés.

¡Vaya! No pensé que esta entrada diera para tanto. Me parece que tendré que dejar el resto de motivos para futuras entradas.

Os dejo por ahora.

¡Saludos filosóficos!

viernes, 10 de agosto de 2012

Y la pregunta definitiva...

¡Saludos compañeros!

Quiero en primer lugar disculparme por haber tardado tanto en volver a escribir. Estoy veraneando en un lugar idílico de cuyo no nombre no quiero acordarme y el precio de esta tranquilidad estriba en no poder disfrutar de internet. Si bien eso me gusta para muchas cosas, también me mantiene alejado de vosotros. He intentado escribir a través de la tableta, pero el teclado táctil no es la mejor de las ideas para estas parrafadas a las que os someto. Así pues, mis disculpas.

Una vez disculpado -espero- procedo a mostraros mi lado más mentiroso y falaz. Os aseguré que Kant había formulado tres preguntas fundamentales de la filosofía; sin embargo os mentí. En realidad, son cuatro. Antes de que os desesperéis y me odiéis profundamente apuntaré que no es que exista una cuarta pregunta, sino que esas tres podían condensarse en un una pregunta fundamental, la ultrapregunta, la pregunta de las preguntas (supongo que entendéis que es importante). Pues bien, esa pregunta es: ¿qué es el hombre?

Efectivamente, en el fondo las preguntas que ya hemos esbozado se pueden resumir en esta pregunta fundamental. Es la pregunta que nos hacemos todos en algún momento de nuestra vida, de nuestra existencia: ¿quién soy yo? ¿Qué pinto en este mundo? ¿Cuál es mi papel aquí? No es una pregunta planteada estrictamente en términos de especie ("¿cuál es el papel del ser humano en el universo?") sino que también puede ser comprendida de modo personal e individual ("¿qué soy?"). Dependiendo del modo de plantearnos la pregunta tenderemos hacia un tipo de filosofía u otro.

Esta pregunta es interesante, pues no siempre nos percatamos de lo especiales que somos. El hombre es el único ser racional, consciente, del universo. Es cierto, compartimos nuestro planeta con otros seres que merecen cuidado y respeto, pero el ser humano es el único de todos ellos que es capaz de observarse a sí mismo. Somos seres pensantes, es decir, seres que además de compartir muchos rasgos con los demás animales (o plantas, en el caso de algunos alumnos míos) tenemos la propiedad de pensar. Ser humano consiste en hacer uso de la razón, en todos sus campos. Si no pensamos, dejamos de comportarnos como seres humanos, nos animalizamos.

Hoy en día, somos bombardeados permanentemente por reclamos que solo buscan evitar que pensemos. La publicidad, la televisión, el entretenimiento, etc. de la vida moderna buscan que el hombre no piense. Cuando el hombre piensa, se vuelve autónomo. Cuando el hombre se vuelve autónomo, es más difícil manipularle. Es nuestro deber pensar. Precisamente porque tenemos la posibilidad de hacerlo, es nuestro deber mantener esa facultad despierta. La filosofía busca mantener nuestro intelecto afilado, siempre dispuesto a enfrentarse a nuevos desafíos. Si apuramos un poco, diríamos que no hacemos filosofía porque nos guste, sino porque es nuestro deber como seres humanos.

Los animales no se preguntan qué hacen y por qué, sino que simplemente lo hacen. Y punto. Nosotros debemos aprender a pensar por nosotros mismos para poder ser plenamente nosotros mismos. Uno de los principios humanos que más constatamos a lo largo de la historia es que si no nos molestamos en pensar, ya habrá alguien que piense por nosotros. Si no actuamos, si nos dejamos llevar, alguien se dedicará a llevarnos adonde quiera. Ser humano es una condición difícil, que hay que mantener y cuidar. Ser humano es un privilegio, pero también una responsabilidad.

¿Qué es el hombre? ¡Aaaaaah, la gran pregunta de la filosofía! Sus respuestas son múltiples y variadas, erróneas y acertadas, pero siempre interesantes. O casi siempre.

Os dejo con la reflexión del gran poeta griego Píndaro. No es un filósofo en el sentido estricto de la palabra, pero si nos paramos a pensar... ¿quién lo es? Píndaro resumió la grandeza de la especie humana en este verso magnífico:

"Llega a ser el que eres."

Buen verano y que sepáis que la próxima entrada está en el horno, así que manteneos al tanto ;)

¡Saludos filosóficos!

jueves, 26 de julio de 2012

III) Las tres grandes preguntas filósoficas: ¿Qué podemos esperar?

¡Saludos compañeros!

Hoy por fin llegamos al final de las tres preguntas kantianas sobre la función de la filosofía. Para recordar rápidamente: la primera pregunta trataba sobre la verdad y la realidad (¿qué podemos conocer?), la segunda pregunta nos interrogaba sobre la ética, la moralidad y el bien (¿cómo debemos comportarnos?). La tercera pregunta, como habéis podido leer en el título de la entrada, es todavía más críptica y misteriosa: ¿qué puedo esperar?

¿A qué se refiere nuestro amigo prusiano? ¿Qué quiere decir con eso de esperar algo? En inglés y alemán utilizan dos palabras diferentes que en español se traducen igual. Esperar (con impaciencia, en mi caso) a que tu mujer se maquille para ir a cenar se traduce con to wait o warten, pero esperar que tu mujer se dé prisa en maquillarse para no llegar tarde se traduce como to hope o hoffen. Es decir, ya sabemos que una cosa es la espera y otra muy distinta es la esperanza. En este caso Kant pregunta was darf ich hoffen? así que sospechamos que habla de esperanza.

Así pues, la pregunta que Kant hacía se puede reformular de la siguiente manera: ¿tiene sentido que tengamos esperanza? ¿Esperanza de qué? Del mayor anhelo que puede tener la humanidad: el renacimiento tras la muerte. ¿Qué nos espera tras la muerte? ¿Existe un dios que juzgue a vivos y muertos y depare destinos desiguales según nuestro comportamiento en la vida? ¿Es dios un ser personal que nos escuche y atienda, que nos ame y cuide, o es más bien un ser impersonal, puramente creador, sin ningún interés por el hombre y sus criaturas? Es más, ¿existe dios? ¿Puede demostrarse su existencia? ¿Tenemos un alma que pueda sobrevivir a la muerte? ¡Vaya preguntas! ¡Ya avisé que esta pregunta de Kant era la que más intríngulis se traía!

¿Existe dios? Al fin y al cabo, si queremos analizar nuestra posible inmortalidad tenemos que dilucidar en primer lugar si el que nos la garantiza existe. Sin embargo, no voy a responder, como siempre, con un simple sí o no. Varios argumentos se han dado de la existencia de dios a lo largo de la historia de la filosofía. Menos numerosos son los argumentos que se han dado en sentido contrario (es decir, los que demuestran que dios no existe) probablemente porque la existencia de dios no es algo evidente en un primer momento, y por eso la carga de la prueba deba recaer sobre demostrar su existencia más que su inexistencia. Todos hemos oído hablar de las famosísimas cinco vías de Tomás de Aquino (que en gran parte son un compendio de demostraciones clásicas sobre la existencia de dios). Su exposición y análisis lo dejaré para una futura entrada porque aquí nos llevaría demasiado tiempo.

Me detendré con detenimiento en la demostración por medio del argumento de san Anselmo de Canterbury. Descartes reformuló el argumento de un modo que para mí es más convincente y más claro así que utilizaré su formulación. Dice así:

"1) Imagina un ser absolutamente perfecto. Ha de ser, por tanto, un ser que contenga todas las perfecciones. Definimos perfección como algo que es mejor tener que no tener. Por ejemplo, la belleza es una perfección porque es mejor ser bello que no serlo; la justicia es una perfección por lo mismo, la sabiduría, la bondad, etc. Imaginemos, pues, un ser absolutamente perfecto que contenga todas estas perfecciones.

2) La existencia es una perfección, pues son más perfectas las cosas que son que las cosas que no son. Evidentemente es mejor un millón de euros existente que uno imaginado. 

3) Si ese ser absolutamente perfecto contiene todas las perfecciones también ha de poseer la perfección de la existencia porque si no, no sería absolutamente perfecto.

4) Por lo tanto, ese ser absolutamente perfecto existe y lo llamamos dios."

Este argumento ha levantado ríos de tinta (y sangre, en ocasiones) de un modo tal que a nosotros, seres desposeídos del siglo XXI, nos resulta difícil de creer. Ha tenido fervientes defensores y agresivos detractores. Es un argumento que tal y como está expuesto resulta intachable, pero todos sospechamos que algo hay detrás de él que huele a chamusquina. No obstante, no está refutado ni mucho menos porque tanto los defensores como los atacantes provienen de visiones metafísicas tan diferentes que es prácticamente imposible que se pongan de acuerdo. Sabed que es perfectamente posible estar de acuerdo con él, pero que entonces hay que admitir ciertos presupuestos metafísicos con los cuales quizás no comulgaríais tan a gusto. Lo mismo digo para sus detractores, sabed que si no admitís esto entonces debéis estar preparados para ciertas consecuencias metafísicas que puede que no os agraden. No es una cuestión fácil ni sencilla, ¡ni mucho  menos!

Esta entrada se está alargando (el tema da para tanto... ¡da para demasiado!) así que la terminaré con una reflexión del gran Blas Pascal. Este fue un hombre de inteligencia privilegiada: formuló leyes físicas, matemáticas, inventó la primera calculadora con 19 añitos, etc. Pues bien, Pascal sufrió una experiencia religiosa profunda que le llevó a formular su famosa apuesta metafísica con la que demuestra la necesidad de creer en Dios. Dice así:
  • Tú puedes creer en Dios; si existe irás al cielo.
  • Tú puedes creer en Dios; si no existe no ganarás nada.
  • Tú puedes no creer en Dios; si no existe tampoco ganarás nada.
  • Tú puedes no creer en Dios; si existe tú serás castigado.
Como vemos, no creer en Dios nunca redunda en beneficio y existe el 50% de posibilidades de perder. Sin embargo, los creyentes siempre juegan con ventaja pues tienen un 50% de posibilidades de ganar y nunca pueden perder (a lo sumo pueden quedarse como estaban). Concluye Pascal que la apuesta más segura y fiable es creer en Dios.

Así os dejo.

¡Saludos filosóficos!

sábado, 21 de julio de 2012

II) Las tres grandes preguntas filósoficas: ¿Cómo debemos comportarnos?

¡Saludos compañeros!

Tal y como prometí hace unos días hoy voy a plantear la segunda de las tres preguntas filosóficas de Kant. Si recordáis, la primera tiene que ver con el conocimiento y la realidad: ¿qué podemos conocer? Esta segunda pregunta tiene una vertiente mucho más práctica y tiene que ver con la ética y la moral. Cómo habréis visto en el título, la pregunta es ¿cómo debemos comportarnos? Como todas las preguntas filosóficas siempre parece algo simple y evidente de primeras. Vamos a intentar darle esa vuelta de tuerca que siempre le damos (porque las preguntas simples son demasiado mainstream).

La primera pregunta hacía referencia a la cuestión de la verdad. Es decir, qué significa decir que una proposición (una frase) es verdadera. Esta segunda pregunta hace referencia al tema del bien. O sea, ¿qué es lo que hace que una acción sea moralmente buena? Pongo lo de "moralmente" en negrita porque hay que distinguir entre que una acción sea "técnicamente" buena o "moralmente" buena. Cuando decimos que alguien es bueno tocando la guitarra, no estamos afirmando nada sobre su moralidad porque en realidad puede ser una persona horrible. Y viceversa, si afirmamos que una persona es buena, sin más, sí que estamos realizando un juicio moral.

Así pues, y hecha esta distinción relevante, pasamos a lo que realmente importa: ¿qué diferencia una acción normal de una acción moral? Es decir, ¿qué diferencia hay entre una persona buena, virtuosa, y un virtuoso -por ejemplo- de la música? ¿Qué convierte a una acción en moral? Parece que esta pregunta -¡una vez más!- no tiene mucho sentido. Voy a intentar ilustrarlo con unos ejemplos.

Ejemplo 1: hemos ido de excursión al monte y hemos llegado a la cima de la montaña tras arduos esfuerzos. Llevados por nuestro contento nos asomamos al borde de la cima y contemplamos el mundo bajo nuestros pies. Agarramos una piedra y la lanzamos por el borde lo más lejos que podemos, por el solo placer de verla caer. Recogemos el petate y volvemos a casa con el corazón henchido y la sonrisa en nuestra alma (toma ya).

Ejemplo 2: hemos hecho la misma excursión y al tirar la piedra hemos dado sin querer a un transeúnte, matándole al instante.

Ejemplo 3: hemos hecho la excursión y nos hemos topado con una persona a la que siempre hemos odiado. Sin mediar palabra, cogemos una piedra y se la lanzamos, matándola al instante.

Ejemplo 4: estamos alegremente de excursión y somos atacados por un bandido. Movido por la desesperación, en medio del combate agarro una piedra, la lanzo y le golpeo, matándole al instante.

A una misma acción (lanzar una piedra) le corresponden juicios diferentes. ¿Cuáles de estos ejemplos son acciones morales? Pocos dirían que el primer ejemplo es de consideración moral, pero en los tres restantes la moralidad es más difusa, excepto quizás en el tercer ejemplo. Ahora entendemos la pregunta de Kant, ¿qué convierte a una acción moral en un tipo de acción diferente a las demás?

Simplificando enormemente el tema voy a apuntar que hay dos tendencias en la historia de la filosofía acerca de la moral:

a) El eudemonismo (o teorías de la felicidad): para el eudemonismo son buenas las acciones que nos conducen a la felicidad, malas las que nos hacen desgraciados y neutras (o indiferentes en la moral) las que ni nos acercan ni nos alejan. Por tanto, la acción que realicemos solamente será buena moralmente si nos hace felices.

Por supuesto, los caminos hacia la felicidad son sinuosos y poco claros, lo cual no ayuda a la hora de intentar establecer normas morales. Por eso los filósofos han discutido sobre si la felicidad la da el placer, el conocimiento, el poder, el dinero, etc. En función de cuál sea el fin unos tendrán unas normas u otras. Es decir, son éticas con contenido, con normas morales que hay que seguir. El ejemplo más claro de ética con contenido son los diez mandamientos. Por tanto, el fin de toda acción moral es la felicidad y ha de llevarse a cabo siguiendo una serie de normas que nos conducen hacia ella.

b) El formalismo kantiano: para Kant (y los kantianos) una acción moral no es la que está motivada por la felicidad sino por el deber. De hecho, hacer cosas que no nos hacen felices por deber es el más claro acto moral que podemos realizar.

Pone el ejemplo siguiente (prometo que es el último por hoy). Alguien que visita siempre a sus padres porque le hace feliz será un santo pero no está realizando actos morales, porque lo único que guía sus acciones es hacer lo que gusta y le hace feliz. Por tanto, esas acciones no tienen ningún mérito. Sin embargo, el que lo hace cuando no le apetece porque considera que es su deber está realizando una acción verdaderamente moral. Precisamente porque no lo hace para ser feliz, sino simplemente por deber. Además los criterios de las ética eudemonistas son variables: el día que a alguien le haga feliz torturar a la gente podemos tener ciertos problemas...

Para él solamente hay una sencilla regla: "actúa de tal manera que tu comportamiento pueda servir de ejemplo para el resto de la humanidad". No hay más reglas ni normas, sino solamente esa. Cada uno de nosotros cada vez que actuamos debemos pensar si lo que hacemos es ejemplar para los demás.

Ayyyy, si los políticos siguiesen esta sencilla regla, otro gallo cantaría... En fin, el próximo día veremos la tercera y última de las preguntas de la filosofía. ¡La más importante me atrevería a decir! En fin, pongo el punto final que ya me he enrollado lo suficiente.

Como siempre sentíos libres de comentar, ya sea acerca de mi moralidad o de la de los demás ;)

¡Saludos filosóficos!