Porque la filosofía es el origen de todo, y el origen de todo no tiene por qué ser tan complicado...
lunes, 25 de febrero de 2013
El amor platónico
¡Hola compañeros!
Debo disculparme. Ha pasado un cierto tiempo desde mi última entrada. He estado bastante ocupado y eso ha centrado muchos de mis esfuerzos, aunque sé que no tengo excusa ante este prolongado silencio. Así pues, disculpísimas.
Una vez excusado -espero-, paso a relataros uno de esos mitos que han pervivido extrañamente en el imaginario colectivo de la sociedad. Es decir, la filosofía generalmente pasa sin pena ni gloria por el mundo de la gente "normal" (entendiendo por gente normal aquella que no se dedica a meterse en este blog absurdo, lleno a rebosar de dolores de cabeza filosóficos). Sin embargo, en ocasiones, algunas expresiones filosóficas gustan a los ciudadanos de a pie y hacen feliz carrera entre ellos. En este caso podemos afirmar sin temor a equivocarnos que la expresión "amor platónico" está entre ellas. Solemos entender con ello a una persona que ocupa nuestro corazón como ninguna otra y que resulta inalcanzable. Algunos hemos tenido muchos amores platónicos a lo largo de la vida (sobre todo por el hecho de resultar inalcanzables) y otros, con más fortuna, desconocen el concepto de amor inalcanzable o platónico. Ellos se lo pierden. No obstante, como suele ocurrir, lo que Platón tenía en mente al escribir sobre el amor no es lo mismo que lo que entiende mucha gente. ¿Qué es, pues, el amor platónico para Platón, valga la redundancia?
Hablamos, tiempo ha, de la teoría de las ideas de Platón, y de cómo conocer las ideas es conocer lo que realmente es real. Es decir, este mundo sensible que nos rodea, este mundo de los sentidos y percepciones no deja de ser falso e ilusorio. Esto es muy bonito, pero ¿qué tiene que ver con el amor? Para Platón, nadie deja de ser ignorante porque sí. ¿Qué interés puedo tener en conocer ese mundo de las ideas? ¿Para qué voy a abandonar este cómodo mundo que me rodea, lleno de placeres y distracciones? No tenemos mucho incentivo para esforzarnos, parece ser.
Sin embargo, Platón acude a una de las fuerzas más maravillosas, poderosas e incomprensibles del ser humano: acude al amor. En un audaz movimiento, propio del torero más aguerrido, realiza un requiebro de última hora y reformula por completo el concepto del amor. Nosotros entendemos que solamente se puede, propiamente, amar a una persona. En otras palabras, por mucho que amemos el dinero, o el poder o a mi perro Toby, lo cierto es que el amor auténtico solamente puede consistir en un amor a algo igual en dignidad a nosotros (como mínimo). El resto de "amores" son intrusos con los que bien podríamos utilizar otras palabras como afecto, cariño o simplemente apego.
Pero para Platón el amor es un impulso que nos eleva siempre a alturas insospechadas, resulta una fuerza motriz que nos libera de nosotros mismos y nos anima a conocer más del objeto amado, a contemplarlo bajo una nueva luz. De pronto, aquello que hemos empezado a amar toma una nueva luz: nos resulta bello. La belleza es una cualidad de las ideas que resulta necesaria para Platón. Queremos conocer debido a que el conocimiento es algo bello en sí mismo, porque rechazamos lo feo y nos acercamos con amor hacia lo bello. El ser humano es un ser que anhela belleza, y es por eso que el amor nos guía, paso a paso, hacia el conocimiento de lo real. Queremos conocer la realidad (nos referimos al mundo de las ideas) porque es apetecible, porque es bella.
El amor platónico no consiste, pues, en un amor al uso. No es un amor desmedido e inalcanzable, sino un amor a las ideas, a la Belleza como concepto, al conocimiento, a la Verdad, a lo Bueno. Es un amor interesado puesto que nada resulta más interesante que conocer la verdad y la realidad. La ignorancia nos resulta odiosa por eso mismo, es fea y contrahecha. La ignorancia es un estado antinatural del hombre, y como tal, nos resulta repulsiva.
Así que la próxima vez que sintáis tentaciones de utilizar esta expresión recordad que con ella contribuís a perpetuar un equívoco que ya dura demasiado. O simplemente puede que os dé igual porque estáis enamorados. Haréis caso a otro insigne platónico como san Agustín de Hipona, que nos proponía su particular visión del amor: ama y haz lo que quieras.
¡Saludos filosóficos!
lunes, 4 de febrero de 2013
¿El fin justifica los medios?
¡Hola compañeros!
Qué famosa es esta frase. ¡Pero qué mítica es! Es la típica frase que te sueltan los chicos en clase cada vez que no saben muy bien qué decir. Haces una pregunta sobre ética y enseguida surge "p-pero... el fin no justifica los medios". No puedo culparles por acudir a ella; al fin y al cabo, la han escuchado innumerables veces de boca de sus padres y adultos cercanos (me niego a incluir a los políticos dentro del concepto "adultos" y apenas me atrevo a meter a los profesores en ese saco).
Ahora bien, estos mantras que se repiten machaconamente como viejas oraciones de lo políticamente correcto siempre me resultan sospechosos. Al fin y al cabo, alguien debe de sostener lo contrario en algún lugar de la cultura humana. Aunque ya hemos estado charlando sobre él en otra ocasión no está de más recordar que fue Maquiavelo el que mejor cristalizó esta idea de que en política cualquier medio es bueno si se consigue alcanzar un fin determinado. No voy a repetir lo que dije de él sino que solamente quiero analizar esta idea que esconde la frase pues creo que muchas veces se entiende incorrectamente.
Podemos empezar, creo yo, por recordar lo que es un medio. Un medio es un camino hacia un fin concreto. Nada más. Un coche, por ejemplo, es un medio para llegar al trabajo porque nos permite cumplir ese fin concreto (llegar al trabajo). Esto no quiere decir que sea el único medio que existe, sino que para algunos de nosotros resulta el medio más eficiente. No es para todos así, pues algunos encontrarán más eficiente el autobús o incluso ir andando (¡a estos los odio con amargura!)
¿Justifica ir a trabajar el uso del coche en este caso? Solamente en el caso en el que no exista un medio más eficiente de alcanzar el fin planeado. Si alguien vive a 20 metros del trabajo el uso del coche no está justificado, pues existen medios más eficientes de alcanzar el objetivo, como simplemente ir andando. El problema es que a veces resulta complicado dirimir (distinguir, queridos compañeros sufridores de la LOGSE) cuál es el medio más adecuado para el fin que buscamos obtener.
Vamos a ver otro ejemplo que además resulta de actualidad. Creo que es un deseo de todo ser humano el ser rico y poseer inmensas cantidades de dinero. ¿Justifica este deseo el hecho de robar? ¿Es un medio adecuado para ese fin? ¿Justifica ese fin -ser ricos- el medio que vamos a utilizar -robar como impresentables-?
Hilemos fino. Si robamos no es para poder dormir sobre colchones de billetes de 500 euros sino para vivir mejor y, en definitiva, para ser más felices. En realidad lo que creemos que nos va a proporcionar esa riqueza es mayor felicidad. Sin entrar a discutir sobre si eso es lo que más nos conviene, creo que estaremos de acuerdo en que andar robando no es la manera más cómoda de vivir. La sociedad tiene la desagradable costumbre de andar persiguiendo a aquellos que roban y una vez te cogen te pasas una maravillosa temporada a la sombra, donde las maravillas no conocen límites. En la cárcel no parece fácil ser feliz (no digo que sea imposible, pero así a priori...) con lo que el medio que utilizamos para ser felices se nos ha vuelto en nuestra contra. Se me puede objetar que no siempre se coge a los ladrones, pero tampoco se vive cómodo todo el día con un pie dentro y otro fuera de la ley, no debe resultar muy relajante estar todo el día a salto de mata. La (afortunadamente) poca gente criminal que he conocido andaban todo el día mirando por encima del hombro por si acaso. Baste echar un vistazo a la maravillosa película de "Atrápame si puedes" de Spielberg para darse cuenta del nivel de paranoia que manejaba el protagonista. Si eso es felicidad que baje Dios y lo vea...
¿Qué quiero decir con esto? Que los medios que se estaban utilizando para un fin concreto no estaban en armonía con el fin que se estaba buscando en realidad. Aunque aparentemente eran un camino más rápido y cómodo para llegar a la meta en realidad nos estaban alejando de ella. ¿Justifica el fin los medios? ¡Por supuesto! Pero siempre y cuando esos medios nos conduzcan al fin que pretendemos en realidad.
Desconfiad de los cantos de sirena de las soluciones fáciles y los atajos; no existen atajos para la vida plena, no hay cómodos pavimentos en los que contemplar a esos imbéciles que pelean por tener una vida digna mientras tú has tomado el camino de los medios rápidos y expeditivos. Esos no son medios para el fin que crees, sino que te llevan a lugares donde nadie quiere estar. Cuando camines por una vía que nadie recorre y parece sencilla desconfía, amigo, desconfía...
¡Saludos filosóficos!
Qué famosa es esta frase. ¡Pero qué mítica es! Es la típica frase que te sueltan los chicos en clase cada vez que no saben muy bien qué decir. Haces una pregunta sobre ética y enseguida surge "p-pero... el fin no justifica los medios". No puedo culparles por acudir a ella; al fin y al cabo, la han escuchado innumerables veces de boca de sus padres y adultos cercanos (me niego a incluir a los políticos dentro del concepto "adultos" y apenas me atrevo a meter a los profesores en ese saco).
Ahora bien, estos mantras que se repiten machaconamente como viejas oraciones de lo políticamente correcto siempre me resultan sospechosos. Al fin y al cabo, alguien debe de sostener lo contrario en algún lugar de la cultura humana. Aunque ya hemos estado charlando sobre él en otra ocasión no está de más recordar que fue Maquiavelo el que mejor cristalizó esta idea de que en política cualquier medio es bueno si se consigue alcanzar un fin determinado. No voy a repetir lo que dije de él sino que solamente quiero analizar esta idea que esconde la frase pues creo que muchas veces se entiende incorrectamente.
Podemos empezar, creo yo, por recordar lo que es un medio. Un medio es un camino hacia un fin concreto. Nada más. Un coche, por ejemplo, es un medio para llegar al trabajo porque nos permite cumplir ese fin concreto (llegar al trabajo). Esto no quiere decir que sea el único medio que existe, sino que para algunos de nosotros resulta el medio más eficiente. No es para todos así, pues algunos encontrarán más eficiente el autobús o incluso ir andando (¡a estos los odio con amargura!)
¿Justifica ir a trabajar el uso del coche en este caso? Solamente en el caso en el que no exista un medio más eficiente de alcanzar el fin planeado. Si alguien vive a 20 metros del trabajo el uso del coche no está justificado, pues existen medios más eficientes de alcanzar el objetivo, como simplemente ir andando. El problema es que a veces resulta complicado dirimir (distinguir, queridos compañeros sufridores de la LOGSE) cuál es el medio más adecuado para el fin que buscamos obtener.
Vamos a ver otro ejemplo que además resulta de actualidad. Creo que es un deseo de todo ser humano el ser rico y poseer inmensas cantidades de dinero. ¿Justifica este deseo el hecho de robar? ¿Es un medio adecuado para ese fin? ¿Justifica ese fin -ser ricos- el medio que vamos a utilizar -robar como impresentables-?
Hilemos fino. Si robamos no es para poder dormir sobre colchones de billetes de 500 euros sino para vivir mejor y, en definitiva, para ser más felices. En realidad lo que creemos que nos va a proporcionar esa riqueza es mayor felicidad. Sin entrar a discutir sobre si eso es lo que más nos conviene, creo que estaremos de acuerdo en que andar robando no es la manera más cómoda de vivir. La sociedad tiene la desagradable costumbre de andar persiguiendo a aquellos que roban y una vez te cogen te pasas una maravillosa temporada a la sombra, donde las maravillas no conocen límites. En la cárcel no parece fácil ser feliz (no digo que sea imposible, pero así a priori...) con lo que el medio que utilizamos para ser felices se nos ha vuelto en nuestra contra. Se me puede objetar que no siempre se coge a los ladrones, pero tampoco se vive cómodo todo el día con un pie dentro y otro fuera de la ley, no debe resultar muy relajante estar todo el día a salto de mata. La (afortunadamente) poca gente criminal que he conocido andaban todo el día mirando por encima del hombro por si acaso. Baste echar un vistazo a la maravillosa película de "Atrápame si puedes" de Spielberg para darse cuenta del nivel de paranoia que manejaba el protagonista. Si eso es felicidad que baje Dios y lo vea...
¿Qué quiero decir con esto? Que los medios que se estaban utilizando para un fin concreto no estaban en armonía con el fin que se estaba buscando en realidad. Aunque aparentemente eran un camino más rápido y cómodo para llegar a la meta en realidad nos estaban alejando de ella. ¿Justifica el fin los medios? ¡Por supuesto! Pero siempre y cuando esos medios nos conduzcan al fin que pretendemos en realidad.
Desconfiad de los cantos de sirena de las soluciones fáciles y los atajos; no existen atajos para la vida plena, no hay cómodos pavimentos en los que contemplar a esos imbéciles que pelean por tener una vida digna mientras tú has tomado el camino de los medios rápidos y expeditivos. Esos no son medios para el fin que crees, sino que te llevan a lugares donde nadie quiere estar. Cuando camines por una vía que nadie recorre y parece sencilla desconfía, amigo, desconfía...
¡Saludos filosóficos!
¡10.000 visitas!
¡Hola compañeros!
Acabo de comprobar que ya he sobrepasado las 10.000 visitas en el blog. No tengo palabras de agradecimiento para todos vosotros. Lo que comenzó siendo poco más que un entretenimiento absurdo y casi privado ha ido aumentando sus visitas día a día hasta el punto que cada mes tengo más visitas que el anterior por goleada. Por todo esto, por vuestros amables comentarios y por animarme a seguir adelante venciendo la pereza, la rutina y luchando por abrirme paso a través de nuestra sociedad hacia vuestras mentes, OS DOY LAS GRACIAS.
Muchas gracias de verdad, vosotros hacéis este blog posible. ¡Prometo no decepcionaros! ¡Nadie nos puede parar ya!
¡Saludos filosóficos!
Acabo de comprobar que ya he sobrepasado las 10.000 visitas en el blog. No tengo palabras de agradecimiento para todos vosotros. Lo que comenzó siendo poco más que un entretenimiento absurdo y casi privado ha ido aumentando sus visitas día a día hasta el punto que cada mes tengo más visitas que el anterior por goleada. Por todo esto, por vuestros amables comentarios y por animarme a seguir adelante venciendo la pereza, la rutina y luchando por abrirme paso a través de nuestra sociedad hacia vuestras mentes, OS DOY LAS GRACIAS.
Muchas gracias de verdad, vosotros hacéis este blog posible. ¡Prometo no decepcionaros! ¡Nadie nos puede parar ya!
¡Saludos filosóficos!
martes, 29 de enero de 2013
El eterno retorno
¡Hola compañeros!
Bajo el sugerente título de hoy, que podría ser la cartelera de una película de sobremesa, se esconde una de las teorías más curiosas, poéticas y sugerentes de Nietzsche. Aaah, el eterno retorno de lo mismo, qué bella combinación de palabras...
Si recordáis, Nietzsche anunciaba la muerte de Dios y su sustitución por parte del ser humano. Mediante nuestra transformación en superhombres somos capaces de ser semejantes a Dios, creadores de nuevos esquemas morales y éticos, creadores de un nuevo tipo de vida. Sin embargo, es evidente que hay algo que nos aleja de la posibilidad real de ser como dioses: nuestra propia mortalidad. Por mucho que seamos capaces de crear nuestros propios valores, de dirigir nuestra vida, de rebelarnos contra las instituciones borreguiles y de hacer crecer nuestra voluntad de poder, se da el hecho incontrovertible de que moriremos, tarde o temprano.
La muerte resta cierta credibilidad a esa pretensión que tenemos de ser como dioses, totalmente configuradores de nuestro futuro. Es decir, si es verdad que podemos crear una vida a nuestro antojo y podemos hacer lo que nos dé la gana, ¿por qué no podemos cambiar el hecho de que vamos a morir? ¿Qué respuesta da Nietzsche al misterio de la muerte? Precisamente la religión, entre otras cosas, es una explicación acerca de nuestra propia muerte, trata de dar sentido a la muerte del ser humano. Sin embargo, Nietzsche, al derrocar a la todopoderosa religión, nos deja huérfanos de sentido (de hecho, una de las características de la cultura occidental actual consiste precisamente en esa orfandad, nos hemos quedado sin respuestas). ¿Cuál es el sentido de la muerte si tras ella no hay NADA?
Parece un poco descorazonador pensar que simplemente hemos nacido para ser nada. Bueno, no es que lo parezca, lo es. A la corriente filosófica que mantiene esto se le llama nihilismo (de nihil, nada, en latín). A pesar de que a Nietzsche se le ha etiquetado frecuentemente como nihilista (él mismo lo hace en alguna ocasión) la verdad es que parece tener ciertas reservas en admitir esto sin más. Por eso nos habla del eterno retorno.
Según él todo lo que ha ocurrido en la historia y nuestras vidas volverá a ocurrir en un futuro. El tiempo es circular, un trayecto de ida y vuelta en el que pasado y futuro se confunden en el presente. Si el tiempo transcurre de modo circular el pasado es futuro y viceversa. Nuestra muerte en un caso así no supone el fin, sino simplemente un paso más de ese tiempo en el que tarde o temprano volveremos a renacer y a vivir nuestra vida de un modo exactamente idéntico. En el fondo, somos inmortales, pues ninguna muerte es definitiva, solamente provisional hasta que el eterno retorno de lo mismo haga aparición y volvamos a vivir nuestra vida.
En realidad, no es una idea original suya sino que era la manera de concebir el tiempo más habitual entre los antiguos antes de que el cristianismo hiciese aparición. Obviamente el cristianismo no puede admitir un tiempo circular, pues existe un Génesis y un Apocalipsis. Hay un principio y un final de los tiempos; así pues cambiaron el tiempo y lo hicieron lineal, rompiendo con esa circularidad. Nietzsche retoma esta idea en su afán de romper con todos los elementos cristianos de la cultura.
A veces se ha malentendido esta expresión cuando en realidad Nietzsche pretende que vivamos nuestra vida sin temor. Obra de tal manera que no temas repetirlo una y otra vez. Lleva las riendas de tu vida y sé consecuente porque en caso de que fueras a volver a vivirla, ¿querrías hacerlo? ¿Estarías orgulloso de ello?
Yo espero poder responder que sí al final de mis días.
¡Saludos filosóficos!
Bajo el sugerente título de hoy, que podría ser la cartelera de una película de sobremesa, se esconde una de las teorías más curiosas, poéticas y sugerentes de Nietzsche. Aaah, el eterno retorno de lo mismo, qué bella combinación de palabras...
Si recordáis, Nietzsche anunciaba la muerte de Dios y su sustitución por parte del ser humano. Mediante nuestra transformación en superhombres somos capaces de ser semejantes a Dios, creadores de nuevos esquemas morales y éticos, creadores de un nuevo tipo de vida. Sin embargo, es evidente que hay algo que nos aleja de la posibilidad real de ser como dioses: nuestra propia mortalidad. Por mucho que seamos capaces de crear nuestros propios valores, de dirigir nuestra vida, de rebelarnos contra las instituciones borreguiles y de hacer crecer nuestra voluntad de poder, se da el hecho incontrovertible de que moriremos, tarde o temprano.
La muerte resta cierta credibilidad a esa pretensión que tenemos de ser como dioses, totalmente configuradores de nuestro futuro. Es decir, si es verdad que podemos crear una vida a nuestro antojo y podemos hacer lo que nos dé la gana, ¿por qué no podemos cambiar el hecho de que vamos a morir? ¿Qué respuesta da Nietzsche al misterio de la muerte? Precisamente la religión, entre otras cosas, es una explicación acerca de nuestra propia muerte, trata de dar sentido a la muerte del ser humano. Sin embargo, Nietzsche, al derrocar a la todopoderosa religión, nos deja huérfanos de sentido (de hecho, una de las características de la cultura occidental actual consiste precisamente en esa orfandad, nos hemos quedado sin respuestas). ¿Cuál es el sentido de la muerte si tras ella no hay NADA?
Parece un poco descorazonador pensar que simplemente hemos nacido para ser nada. Bueno, no es que lo parezca, lo es. A la corriente filosófica que mantiene esto se le llama nihilismo (de nihil, nada, en latín). A pesar de que a Nietzsche se le ha etiquetado frecuentemente como nihilista (él mismo lo hace en alguna ocasión) la verdad es que parece tener ciertas reservas en admitir esto sin más. Por eso nos habla del eterno retorno.
Según él todo lo que ha ocurrido en la historia y nuestras vidas volverá a ocurrir en un futuro. El tiempo es circular, un trayecto de ida y vuelta en el que pasado y futuro se confunden en el presente. Si el tiempo transcurre de modo circular el pasado es futuro y viceversa. Nuestra muerte en un caso así no supone el fin, sino simplemente un paso más de ese tiempo en el que tarde o temprano volveremos a renacer y a vivir nuestra vida de un modo exactamente idéntico. En el fondo, somos inmortales, pues ninguna muerte es definitiva, solamente provisional hasta que el eterno retorno de lo mismo haga aparición y volvamos a vivir nuestra vida.
En realidad, no es una idea original suya sino que era la manera de concebir el tiempo más habitual entre los antiguos antes de que el cristianismo hiciese aparición. Obviamente el cristianismo no puede admitir un tiempo circular, pues existe un Génesis y un Apocalipsis. Hay un principio y un final de los tiempos; así pues cambiaron el tiempo y lo hicieron lineal, rompiendo con esa circularidad. Nietzsche retoma esta idea en su afán de romper con todos los elementos cristianos de la cultura.
A veces se ha malentendido esta expresión cuando en realidad Nietzsche pretende que vivamos nuestra vida sin temor. Obra de tal manera que no temas repetirlo una y otra vez. Lleva las riendas de tu vida y sé consecuente porque en caso de que fueras a volver a vivirla, ¿querrías hacerlo? ¿Estarías orgulloso de ello?
Yo espero poder responder que sí al final de mis días.
¡Saludos filosóficos!
jueves, 24 de enero de 2013
El superhombre
¡Hola compañeros!
Una semana más aquí me hallo, enfrentado a la humilde y laboriosa tarea de intentar transformar este mundo en el que vivimos. El hecho de que lograrlo sea imposible no hace la tarea menos necesaria. Saber lo que queremos, saber lo que pensamos, saber dónde vivimos... Eso es lo que nos libera, lo que nos permite seguir disfrutando una existencia verdaderamente humana. Y de eso se trata todo esto, de ser humanos, ¿no?
O quizás de ser más que humanos. De ser superhumanos, superhombres. Conseguir ir más allá de los límites de la mera humanidad para llegar a ser como dioses. Ya comenté en la entrada anterior que según Nietzsche Dios ha muerto, ha desaparecido de la cultura occidental, de nuestro mundo. Dios ha dejado un hueco en la realidad que hay que llenar. Dios era lo Absoluto, lo más alto de la realidad, aquello a lo que todo se dirigía intentando ser como Él.
Y sin embargo, ahora nos encontramos solos, desamparados. Ya no hay esperanza de una vida más allá de esta. Ya no existen razones para creer que viviremos más allá de la muerte. Ahora solamente hay una vida, la vida terrena, la de más acá: el más allá ha desaparecido para siempre, volatilizado entre el estupor de los que creían en eso. ¿Qué hacer? ¿Cómo enfrentarnos a esto? Lejos de verlo como una tragedia, Nietzsche anuncia un nuevo mediodía para el ser humano, una nueva época de desarrollo personal en la que ningún Dios nos oprime con sus normas y sus reglas morales. Ya no debemos hacer caso a la religión y a sus caducos códigos éticos. Como Dios no existe ya no hay nadie que pueda decirme cómo debo comportarme. Ahora somos libres de configurar nuestro propio destino, de inventar nuevas reglas, nuevos valores.
El auténtico superhombre, el übermensch, es aquel que asume la muerte de Dios con alegría y hombría. Es aquel que se percata de la oportunidad que esto brinda al ser humano de cambiar completamente los valores éticos y morales de la cultura por unos nuevos que permitan un amor a la vida terrena, en vez de un desprecio. Hasta ahora, dice Nietzsche, toda la moral estaba orientada a hacernos temer un castigo por nuestros actos, a despreciar la vida terrena en favor de la vida ultraterrena. Se fomentaba así una ética de cobardes y de ovejas, en la que se valoraba la compasión, la piedad, la misericordia, la caridad, etc.
Ha llegado la hora de crear nuevos valores que derroquen a estas morales absurdas y apocadas. El superhombre es aquel que es capaz de crear sus propios valores e imponerlos por medio de una voluntad todopoderosa. El superhombre es el nuevo Dios, capaz de CREAR valores, dueño de una voluntad máximanente creadora. Con Dios fuera de combate ya nada se interpone entre nuestra voluntad y el mundo excepto nosotros mismos. El superhombre es capaz de superarse a sí mismo, de ir más allá de sus limitaciones e imponer un punto de vista y unos valores concretos al resto del mundo. La voluntad fuerte, por tanto, se impondrá siempre sobre la más débil.
Como veis, el pensamiento nietzscheano está absolutamente presente en la sociedad actual. No resulta extraño que vivamos en un mundo que se identifica completamente con estos planteamientos. Es posible, incluso, que muchos de vosotros os sintáis en sintonía con él y estéis de acuerdo. No es casualidad. Creo que resulta digno de reflexión este hecho, y si tal concepción del ser humano nos ha hecho más humanos o por el contrario ha deshumanizado a las personas.
Dejo hablar al propio Nietzsche, que siempre tiene una palabra elocuente y poderosa:
"¡Mirad, yo os enseño el superhombre! El superhombre es el sentido de la tierra. Diga vuestra voluntad: ¡sea el superhombre el sentido de la tierra! ¡Yo os conjuro, hermanos míos, permaneced fieles a la tierra y no creáis a quienes os hablan de esperanzas sobreterrenales! Son envenenadores, lo sepan o no. Son despreciadores de la vida, son moribundos y están, ellos también, envenenados, la tierra está cansada de ellos: ¡ojalá desaparezcan!"
Así habló Zaratustra
Con este melancólico texto os dejo por hoy.
¡Saludos filosóficos!
Una semana más aquí me hallo, enfrentado a la humilde y laboriosa tarea de intentar transformar este mundo en el que vivimos. El hecho de que lograrlo sea imposible no hace la tarea menos necesaria. Saber lo que queremos, saber lo que pensamos, saber dónde vivimos... Eso es lo que nos libera, lo que nos permite seguir disfrutando una existencia verdaderamente humana. Y de eso se trata todo esto, de ser humanos, ¿no?
O quizás de ser más que humanos. De ser superhumanos, superhombres. Conseguir ir más allá de los límites de la mera humanidad para llegar a ser como dioses. Ya comenté en la entrada anterior que según Nietzsche Dios ha muerto, ha desaparecido de la cultura occidental, de nuestro mundo. Dios ha dejado un hueco en la realidad que hay que llenar. Dios era lo Absoluto, lo más alto de la realidad, aquello a lo que todo se dirigía intentando ser como Él.
Y sin embargo, ahora nos encontramos solos, desamparados. Ya no hay esperanza de una vida más allá de esta. Ya no existen razones para creer que viviremos más allá de la muerte. Ahora solamente hay una vida, la vida terrena, la de más acá: el más allá ha desaparecido para siempre, volatilizado entre el estupor de los que creían en eso. ¿Qué hacer? ¿Cómo enfrentarnos a esto? Lejos de verlo como una tragedia, Nietzsche anuncia un nuevo mediodía para el ser humano, una nueva época de desarrollo personal en la que ningún Dios nos oprime con sus normas y sus reglas morales. Ya no debemos hacer caso a la religión y a sus caducos códigos éticos. Como Dios no existe ya no hay nadie que pueda decirme cómo debo comportarme. Ahora somos libres de configurar nuestro propio destino, de inventar nuevas reglas, nuevos valores.
El auténtico superhombre, el übermensch, es aquel que asume la muerte de Dios con alegría y hombría. Es aquel que se percata de la oportunidad que esto brinda al ser humano de cambiar completamente los valores éticos y morales de la cultura por unos nuevos que permitan un amor a la vida terrena, en vez de un desprecio. Hasta ahora, dice Nietzsche, toda la moral estaba orientada a hacernos temer un castigo por nuestros actos, a despreciar la vida terrena en favor de la vida ultraterrena. Se fomentaba así una ética de cobardes y de ovejas, en la que se valoraba la compasión, la piedad, la misericordia, la caridad, etc.
Ha llegado la hora de crear nuevos valores que derroquen a estas morales absurdas y apocadas. El superhombre es aquel que es capaz de crear sus propios valores e imponerlos por medio de una voluntad todopoderosa. El superhombre es el nuevo Dios, capaz de CREAR valores, dueño de una voluntad máximanente creadora. Con Dios fuera de combate ya nada se interpone entre nuestra voluntad y el mundo excepto nosotros mismos. El superhombre es capaz de superarse a sí mismo, de ir más allá de sus limitaciones e imponer un punto de vista y unos valores concretos al resto del mundo. La voluntad fuerte, por tanto, se impondrá siempre sobre la más débil.
"El hombre es una cuerda, tendida entre el animal y el superhombre - una cuerda sobre un abismo."
Así habló Zaratustra
Dejo hablar al propio Nietzsche, que siempre tiene una palabra elocuente y poderosa:
"¡Mirad, yo os enseño el superhombre! El superhombre es el sentido de la tierra. Diga vuestra voluntad: ¡sea el superhombre el sentido de la tierra! ¡Yo os conjuro, hermanos míos, permaneced fieles a la tierra y no creáis a quienes os hablan de esperanzas sobreterrenales! Son envenenadores, lo sepan o no. Son despreciadores de la vida, son moribundos y están, ellos también, envenenados, la tierra está cansada de ellos: ¡ojalá desaparezcan!"
Así habló Zaratustra
Con este melancólico texto os dejo por hoy.
¡Saludos filosóficos!
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